Pero el primer ministro, Boris Johnson, advirtió que “primero debemos atravesar un duro invierno” de restricciones para tratar de frenar el virus hasta que haya vacunas suficientes para todos.

Cada país tiene normas distintas para determinar cuándo una vacuna experimental es lo suficientemente segura y efectiva para su uso. La intensa presión política para ser el primero en desarrollar un medicamento testado científicamente y de forma rigurosa avivó la carrera en Estados Unidos y Gran Bretaña, y los investigadores se comprometieron a no tomar atajos. Por el contrario, China y Rusia han ofrecido distintas vacunas a su población antes de la última fase de pruebas.

La vacuna de la estadounidense Pfizer y de su socio alemán BioNTech fue probada en decenas de miles de personas. Y aunque ese estudio no está completo, los primeros resultados sugieren que tiene una efectividad del 95% en la prevención de casos leves y graves de COVID-19. Las farmacéuticas dijeron a los reguladores que de las primeras 170 infecciones detectadas en voluntarios del estudio, solo ocho habían recibido la vacuna real y el resto fueron inoculados con un placebo.

“Esta es una protección extraordinariamente fuerte”, afirmó recientemente a The Associated Press el doctor Ugur Sahin, CEO de BioNTech.

Las empresas tampoco reportaron efectos secundarios graves, aunque los receptores de la vacuna pueden experimentar dolor temporal y reacciones similares a una gripe justo después de recibirla.

Los expertos advierten que una vacuna autorizada para su uso de emergencia sigue siendo experimental y que deben completarse las últimas pruebas. Queda por determinar si la de Pfizer-BioNTech protege contra los asintomáticos o cuánto dura la protección.

La vacuna ha sido probada únicamente en un pequeño número de niños, ninguno de ellos menor de 12 años, y no hay información sobre los efectos en mujeres embarazadas.