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21 abril, 2021

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Inseguridad salvaje: la historia de la familia asesinada dos veces

Hace 10 días motochorros mataron a Héctor Navia en Merlo, en el mismo lugar donde en 2008 habían asesinado a su papá en un robo. “Somos muertos vivos”, dice Rolando, baleado junto a su hermano.

En Libertad, partido de Merlo, los vecinos casi no salen después de las dos de la tarde. Hasta las 17, los motochorros copan la parada y luego vuelven a adueñarse de la zona a partir de las diez de la noche para atemorizar a un vecindario que sufre, que llora a las víctimas y que ya no aguanta más. Muchos quieren irse de allí, pero no pueden, no saben, no tienen cómo. En el barrio están asfixiados por la delincuencia.

En la calle Diesel al 200, entre Marcos Paz y Mar Chiquita, a quince cuadras de la estación Padua, viven los Naviauna familia que fue asesinada dos veces, una familia de trabajadores y estudiantes que acaba de revivir en carne propia la inseguridad que acorrala a la provincia de Buenos Aires.

Rolando espera en la puerta y hace pasar a Clarín a su casa. Mira para un lado y para otro. Saluda a una vecina de enfrente, que espía preocupada detrás de una cortina y a otro vecino, agazapado más allá, le levanta el pulgar de que «está todo bien».

«Ves este poste de luz, acá… la municipalidad lo puso justo hoy, después de años que venimos reclamando, años y años, porque esta zona es una boca de lobo. Y acá mismo -señala la vereda de su casa- fue donde nos asaltaron. Fue desde la entrada de nuestro garaje hasta unos metros más allá, donde ese montoncito de arena cubre las manchas de sangre».

Rolando, Flavia y Darío, hermano, madre y tío de Héctor Navia, exigencia justicia por su asesinato cometido el sábado 19 de septiembre, en Merlo. Foto: Gisela Suárez Mermoz.

Rolando, Flavia y Darío, hermano, madre y tío de Héctor Navia, exigencia justicia por su asesinato cometido el sábado 19 de septiembre, en Merlo. Foto: Gisela Suárez Mermoz.

Entre agotado y emocionalmente abatido, rengueando por su herida en la pantorrilla izquierda, Rolando Navia (38) describe la angustiante noche del sábado 19 de septiembre, pasadas las diez de la noche, cuando su hermano mayor Héctor, también su mejor amigo, fue asesinado por dos motochorros.

Hacía mucho que la familia Navia no se encontraba con primos y tíos. Rolando y Héctor Navia (36), junto a su tío Darío Panozo, decidieron cocinar un pollo al disco con papas y ensaladas «para reencontrarnos e ir pensando en los planes para Navidad y Año Nuevo».

La reunión arrancó temprano, a las siete de la tarde, y en la casa de la calle Diesel estaban sus dueños: los tres hermanos, entre ellas la menor, Mariela (34), y Flavia Panozo, la mamá viuda. También estaban Eva -la mujer del tío Darío- y sus hijos.

Héctor Navia (36), quien trabajaba como colocador de pisos, fue asesinado por motochorros en Merlo.

Héctor Navia (36), quien trabajaba como colocador de pisos, fue asesinado por motochorros en Merlo.

«Todo venía bárbaro, estábamos de sobremesa y Héctor y yo nos levantamos para irnos un rato a la casa de nuestro mejor amigo Reinaldo quien, junto con un par de chicos, nos esperaban para jugar al truco. Saludamos y yo ya había dejado el Peugeot 207 negro a 45 grados, en la vereda, cosa de no abrir el portón y correr riesgos innecesarios. Subió primero Héctor al asiento de acompañante, y yo estaba cerrando la puerta de casa y en un segundo una moto frenó, se bajó un flaco y me apuntó. ‘Dame la billetera, el celular y las llaves del auto‘. Le di todo», explica Rolo, aún sin entrar a la casa.

Testigo de la escena, Héctor salió del coche casi a ciegas para socorrer a su hermano, pero decidió ir por las espaldas del ladrón, sin percibir que en la moto -en el medio de la calle- estaba el otro delincuente armado observando.

«Cuando Héctor estaba por lanzarse sobre la persona que me amenazaba sonó un primer disparo desde la moto, lo que motivó mi reacción y el forcejeo con el que me apuntaba». Por lo menos cuatro tiros más se escucharon. Uno dio en el auto de enfrente, otro en la puerta de la casa de los Navia, uno más en el Peugeot 207 y el último entró en su pierna izquierda.

La familia Navia-Penozo fue víctima de los asesinatos de Desiderio en 2008 y de Héctor en 2020. En ese mismo lugar, frente a la casa familiar. Foto: Gisela Suárez Mermoz

La familia Navia-Penozo fue víctima de los asesinatos de Desiderio en 2008 y de Héctor en 2020. En ese mismo lugar, frente a la casa familiar. Foto: Gisela Suárez Mermoz

«Las imágenes del robo y el forcejeo me aparecen desordenadas, caóticas, mi cabeza es un despelote», grafica con desasosiego Rolo. Los disparos fueron escuchados desde la ventana del segundo piso donde el resto de la familia estaba de sobremesa.

«Bajamos desesperados y nos encontramos con una escena de terror. Rolo tirado, ensangrentado, y pegado a él, boca arriba, desangrándose estaba Héctor», aparece Darío, el tío, que desde adentro de la casa escuchaba el relato de su sobrino. «El vecindario salió a la calle, desde tres teléfonos distintos llamaron a la ambulancia, pero nada».

«¡Fijate Bebe, fijate Bebe, llévenlo a él, llévenlo rápido!». Darío recuerda patente la desesperación de Rolo que, dolorido, se agarraba la pierna herida pero advertía que su hermano no respondía, aunque estaba con los ojos abiertos y con la respiración agitada.

Dos asaltos similares en 12 años
Dos asaltos similares en 12 años

La ambulancia no llegaba y Darío lo cargó en su camioneta. Un vecino agarró el volante y aceleraron hasta el Hospital Eva Perón. «Un viaje de dolor, de sufrimiento, él me miraba y no me decía nada. Llegamos y los médicos no hicieron nada, no intentaron nada», repasa Darío, agobiado.

¿Y qué pasó con Rolando? «A él lo llevaron en otro auto, pero al Sanatorio Oeste, donde le hicieron las primeras curaciones», también responde Darío. «Pero yo estaba con la cabeza en mi hermano -tercia Rolo-, me dolía la pierna pero no me importaba. Preguntaba por él, por cómo estaba Héctor pero no me respondían, hasta que un oficial de la policía se acercó a decirme que había muerto. Me volví loco».

Visiblemente cansado y angustiado, Rolo invita a pasar a su casa. Entramos por el garaje y en el ambiente contiguo funciona la verdulería y el almacén que atiende su mamá Flavia, a veces con la ayuda de su hija Mariela y donde también colaboraba Bebe, como le decían a Héctor «porque era un travieso terrible, siempre haciendo monerías, siempre riéndose y le decíamos así porque con cinco o seis años se portaba como un bebé… y así le quedó», desliza Flavia, sentada a la mesa del fondo de la casa, desconsolada.

Flavia mira fijo un punto ciego y repite «mi bebé, mi bebé… Él vivía para sus hijas, él era un padrazo, disfrutaba estar con ellas y ya había armado juegos y tenía sorpresas, porque el domingo las nenas iban a venir y estar una semana aquí». Héctor estaba separado de Belén, la mamá de sus hijas Chiara (12) y Sol (7), que viven en General Rodríguez. «El domingo, al día siguiente de lo que pasó, íbamos a ir a buscarlas para que estuvieran con nosotros y Héctor había preparado cosas para hacer con ellas», cuenta Rolo.

Habla con mucho cariño y afecto de su hermano y «querido compinche». Rolo, que trabaja como embotellador en la planta de Coca Cola, en Pompeya, le estaba dando una mano económica a Héctor, que era colocador de pisos aunque ahora el trabajo escaseaba.

«Con mi hermano pasamos mucho tiempo juntos, mucho fútbol jugando y yendo a ver a San Lorenzo. No sabés cómo jugaba, un habilidoso tipo Di María, te juro, un zurdo exquisito. Y yo un defensor aguerrido, una mezcla de Tuzzio con Ameli, nos entendíamos bien».

Asoman algunas sonrisas tímidas, el clima hogareño parece descomprimirse. «Ibamos mucho a patear y a la cancha a ver a San Lorenzo casi siempre. Por su estilo fino a Bebe le gustaban Pipo Gorosito y Romagnoli. Una vez en un evento que organizó Romagnoli en su local de ropa deportiva por San Juan y Boedo, convocaban a hinchas para sacarse fotos y él fue y posó junto a Torrico, Mercier y el Pipi. Estaba feliz. No lo puedo creer que ahora haya enterrado a mi hermano, es mentira«.

Héctor Navia, de rojo, el último a la derecha. También parado, de azul, su hermano Rolando, en la previa de un fútbol 5 con amigos.

Héctor Navia, de rojo, el último a la derecha. También parado, de azul, su hermano Rolando, en la previa de un fútbol 5 con amigos.

El martes 22, con la primavera amaneciendo, Rolo, su mamá Flavia, su hermana Mariela y otros familiares cercanos despedían a Bebe en el cementerio de González Catán. «Yo quería que estuviera al lado de mi viejo y que puedan encontrarse y darse un abrazo dondequiera que estén«, hace saber Rolando, que añade: «Por suerte en mi laburo me cubrieron el velatorio, el traslado a otra jurisdicción y el entierro».

Acota Darío, el tío: «Entre el domingo y el lunes se había comunicado conmigo un par de veces Hugo Rodríguez, que se presentó como la mano derecha del intendente de Merlo, Gustavo Menéndez. ‘No se preocupen, nos hacemos cargo de todos los gastos. Jamás aparecieron, nos abandonaron. Cuando me quise comunicar, me bloquearon. Una falta de humanidad increíble». El ambiente vuelve a resquebrajarse.

«Otra vez, por favor, otra vez nos pasó lo mismo. ¿Por qué, por qué a nosotros, por qué? Lo único que sabemos hacer es trabajar y trabajar». A la exclamación dramática de Flavia le sigue un minuto largo de silencio. La incomodidad zamarrea. La abrazan Rolo y Darío. Se acercan Justina y Guillermo, dos familiares más, que forman un scrum familiar conmovedor. «Nos vuelve a pasar lo mismo, cuando intentamos reconstruirnos, otra vez la inseguridad que nos destruye«, se escucha a Eva, tía de Rolo y Héctor. que intenta no quebrarse.

Doce años antes, el miércoles 9 de enero de 2008, en el mismo lugar, a un par de metros de donde cayó Héctor, Desiderio Navia, marido de Flavia y padre de Rolo, Bebe y Mariela, era asesinado casi de la misma manera. Dos ladrones entraron al almacén que atendía Flavia, cerca de las once y media de la mañana. Junto a su mamá estaba Mariela, por entonces de 22 años, dando una mano.

Héctor Navia, fana de San Lorenzo, en el local de ropa de Leandro Romagnoli. En la foto junto al Pipi, Torrico y Mercier.

Héctor Navia, fana de San Lorenzo, en el local de ropa de Leandro Romagnoli. En la foto junto al Pipi, Torrico y Mercier.

Uno de los ladrones le exigió a los gritos la plata a la madre pero apuntándole en la cabeza a Mariela, que estaba paralizada. En el fondo del local se encontraba Desiderio (51), quien testigo de esa situación «se volvió loco» y salió a socorrer a su mujer e hija.

«Quiso sorprender al ladrón por la espalda, dando una vuelta y saliendo por la puerta de la casa, pegada a la del almacén. En el camino agarró un palo y cuando estaba por defender a la familia, no vio al otro ladrón que esperaba afuera y le gatilló«, relata casi sin fuerzas Rolando.

El balazo entró por el corazón y Desiderio cayó justo en el momento que Rolando (por entonces de 26 años) bajaba desde su cuarto para intervenir. En ese momento, el mismo que asesinó a su papá gatilló tres veces contra Rolo pero la bala nunca salió y los delincuentes escaparon corriendo.

Desiderio Navia, junto a sus padres Gabino y Esperanza, hoy de 97 años.

Desiderio Navia, junto a sus padres Gabino y Esperanza, hoy de 97 años.

«Como pasó con mi hermano, la ambulancia tampoco había llegado y lo cargué a papá en su camioneta y lo llevé al hospital, manejaba también un vecino. Papá me miraba pero no hablaba, yo le decía que aguantara pero no pudo, nos despedimos en la camioneta«.

De Bolivia a Argentina

Desiderio había llegado a Buenos Aires, proveniente de Cochabamba, Bolivia, cuando tenía 18 años. Consiguió trabajo como albañil, alquiló una piecita en Retiro y al año le mandó plata a Flavia para que viajara. Los dos se potenciaron y compraron el terreno en la calle Diesel, donde Desiderio, a pulmón, fue construyendo la casa con sus propias manos. Una pieza al fondo, luego otra, después agregó un piso donde hizo tres habitaciones más, pensó en una terraza y hasta habilitó una verdulería-almacén para que atienda su mujer.

Doce años pasaron entre el asesinato de Desiderio y el de Héctor. «El barrio es el mismo, la calle está igual, hasta hoy estaba sin luz como hace doce años. Es la misma calle de tierra, los mismos pozos de siempre, están los mismos vecinos de toda la vida, que conocemos, que nos quieren y respetan, como nosotros a ellos. Están los mismos canteros que hizo mi viejo y está el árbol a unos metros de e la puerta de casa, el mismo de hace más de treinta años». En el árbol cuelga la foto de Héctor, que pide por justicia, junto a una flor roja.

«Estamos solos y desprotegidos ahora y antes«, dice la familia Navia. Este lunes los vecinos de Merlo organizaron una marcha para pedir justicia por el asesinato de Héctor, pero también para exigir más seguridad. Después de otro asalto en el que balearon en una pierna a un hombre, una vecina exclamó: «Tarde o temprano, todos vamos a morir de un tiro en el pecho«.

Flavia, Desiderio y Rolo (arriba), Mariela y Héctor (abajo). Aquí, una foto que tiene veinte años, de visita a la Basílica de Luján, una "escapada" que se repetía cada dos años "para agradecer por el trabajo y la salud".

Flavia, Desiderio y Rolo (arriba), Mariela y Héctor (abajo). Aquí, una foto que tiene veinte años, de visita a la Basílica de Luján, una «escapada» que se repetía cada dos años «para agradecer por el trabajo y la salud».

Desiderio trabajaba de sol a sol para que nada le faltara a su familia. «Sólo pensaba en el bienestar nuestro, lo único que le importaba a papá. El viejo nos inculcó estudiar y trabajar y lo consiguió. El quería que estuviéramos siempre juntos y los domingos siempre hacía asados, era feliz con eso. Después le hacía regalos a mi mamá, con nosotros los varones siempre era compinche, riguroso pero amigo, y su debilidad era mi hermana menor», recuerda con una sonrisa Rolo. «Sabés que tenía la misma ropa, cuidada por mi mamá: eso sí, era muy puntilloso con los zapatos, siempre lustrados».

«Un agradecido a la vida fue el viejo», lanza con nostalgia Rolo. «Papá nos llevaba a Luján, a la Basílica, dos veces por año desde que yo tenía doce o trece. Era un lindo paseo para mí y mis hermanos pero papá decía que teníamos que ir agradecer que tuviéramos trabajo, pan y salud. Y rezábamos por la Virgen, que tanto nos ayudaba».

Flavia ruega que los ayuden a encontrar a los asesinos de su hijo. «Por favor, yo no sé cuánto más me queda, pero necesito algún día descansar en paz. Que los asesinos paguen con la cárcel», demanda. La vuelven a abrazar. Cuando se consulta sobre el delincuente que acabó con la vida de su marido Desiderio, dicen que «lo agarraron como un año después y sigue preso«.

Desiderio y Flavia, una pareja que luchó por salir adelante. Dejaron su Cochabamba natal para llegar a Buenos Aires y construir un futuro y una familia.

Desiderio y Flavia, una pareja que luchó por salir adelante. Dejaron su Cochabamba natal para llegar a Buenos Aires y construir un futuro y una familia.

El último mensaje

Reinaldo Pavia, el mejor amigo de Héctor, confiesa que él recibió el último WhatsApp de Bebe, a las 22.55 del sábado 19. «Estamos yendo para allá«, había escrito. Pavia los esperaba para una partida de truco. «Pasaron quince minutos, media hora y se me cruzó un mal pensamiento. ‘Pasó algo’, tuve una premonición. Y de inmediato me llamó la pareja de Mariela, su hermana, y salí corriendo».

Rolo repite un gesto de negación como quien no encuentra explicación ni tampoco termina por caer del todo. Pese a la paliza que le dio la vida, no baja la mirada. «Las vueltas de la vida, ¿no? Dejamos de ir a agradecer a Luján cuando murió papá, ¿Hoy qué tendría que agradecer esta familia? Somos muertos vivos«, señala la voz de una familia desgarrada.

Además, recuerda que su papá murió un miércoles 9 de enero, tres días antes de partir de vacaciones a Las Toninas. «No conocía la playa el viejo, ¿podés creer? Se la pasó laburando toda la vida y postergando sus cosas. Yo tenía todo organizado, me iba primero con él y dos días después llegarían mamá y mis hermanos. Le costó aceptar la propuesta pero cuando lo hice era el más ilusionado. Soñaba con ver el mar, con nadar, pero no pudo ser».

La familia Navia, amigos y vecinos, este lunes durante la marcha en pedido de Justicia por el crimen de Héctor, el sábado 19, asesinado por motochorros. Foto Marcelo Carroll

La familia Navia, amigos y vecinos, este lunes durante la marcha en pedido de Justicia por el crimen de Héctor, el sábado 19, asesinado por motochorros. Foto Marcelo Carroll

Aunque no dé más de agotamiento, aunque esté tomando tranquilizantes para dormir y antibióticos porque tiene once puntos en su pierna producto del balazo ​que no lesionó el hueso, Rolando quiere proteger a su mamá y a su hermana, resguardarlas, y también ayudar a las hijas de su hermano, Chiara y Sol, que «están destrozadas».

«Hay que ponerse de pie, levantar la cabeza y mirar para adelante…», intenta darse fuerza la familia entre susurros. «Tengo miedo por la vieja, por su salud, está muy mal. Pienso en irme de acá, llevarlas, pero… ¿adónde? ¿cómo hago? Acá tenemos todo lo que nos dejó papá, pero no soportamos más. Somos rehenes de una violencia que se hizo natural«.

Marcha en pedido de Justicia en Merlo Foto Marcelo Carroll

Marcha en pedido de Justicia en Merlo Foto Marcelo Carroll

Cae la tarde en el barrio Libertad, empieza a anochecer y el flamante poste de luz hace su bautismo. Los vecinos asoman y se asombran. Sonríe irónico Rolo, que acompaña a Clarín hasta la vereda. ¿Cuál es la primera imagen de Desiderio y de Héctor que se te viene a la cabeza?, se le pregunta. Un gesto de mínima felicidad se advierte por un instante. «Cancha de fútbol cinco, papá en el arco, se atajaba todo, Bebe tirando lujos y yo metiendo pata fuerte. Por suerte jugamos mucho y ganábamos seguido».