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14 junio, 2021

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La gráfica dialoga sobre feminismo, ecología y trabajo en una muestra del Museo del Grabado.

Una imponente muestra que da cuenta de la potencia de la gráfica en el impulso de los cambios visuales desde lo social y cultural se expone en el Museo Nacional del Grabado, donde dialogan obras de 40 artistas y colectivos de arte contemporáneos y 70 piezas del acervo de ese museo, entre las que figuran creaciones de Luis Felipe Noé, León Ferrari, Magdalena Jitrik y Liliana Porter.

Atravesada por temáticas como la cuestión de género, el feminismo, la protección del medio ambiente, la sociopolítica y el rol de internet en la sociedad actual, la exposición «Transformación. La gráfica en desborde» se nutre de xilografías, litografías, serigrafías, afiches, publicaciones, sellos, stickers y proyecciones, en obras que van del papel a la tela.

Con la curaduría de Silvia Dolinko y Cristina Blanco, la muestra ilustra el recorrido y transformación de la escena gráfica en las últimas décadas, desde un presente atravesado por una pandemia que en 2020 llevó a la humanidad a replantearse el transcurrir del tiempo y la ocupación del espacio.

Desplegada en gran parte de la Casa del Bicentenario donde el Museo del Grabado ocupa el cuarto piso, la exposición se inicia en la planta baja con la exhibición del colectivo editorial platense boba, y afiches que exhortan: «Trabajo digno es más derechos», «Mientras se grita fuego, muchos miran hacia otro lado» y otros que hacen eje en la libertad de los cuerpos femeninos y la soberanía alimentaria, realizados con técnicas contemporáneas de impresión como serigrafía e impresión industrial offset.

Fanzines y dispositivos objetuales también forman parte de las obras del colectivo platense que «metafóricamente quería trabajar la pandemia como cápsula del tiempo, y pensar qué podíamos encontrar una vez que esa cápsula fuera abierta», explicó Blanco a Télam durante la recorrida por la exposición.

El taller de grabado «Fabrica de estampas», de Buenos Aires, que trabaja la micropolítica en el territorio, produjo «banderas» para visibilizar cuestiones sociales que surgieron durante la pandemia relacionadas a la presencia de ollas populares, libros en los barrios, cuidado hacia las travestis, o reclamar territorios libres de agrotóxicos, explica Blanco.

Un mural de papel de fondo rosa, en el que Pablo Rosales, trabaja con superposición de técnicas de impresión no artesanal, y en el que plasma sellos que tematizan el trabajo que fue desarrollando en las redes, integran esta parte de la muestra.

«Sala de espera» es el trabajo de Ivana Vollaro, un audiovisual que remite al tiempo circular, como una especie de tiempo de espera infinito asociado a lo digital y series que remiten a la idea del círculo fragmentado con el que construye un sello y postales en las que aparecen frases extraídas como «Los tiempos de espera podrían ser superiores a los previstos», que se asocia a la reconfiguración del tiempo, en pandemia.

En el primer piso, la muestra continúa con la zona «Transmutar», que pone en diálogo la colección contemporánea con las obras del museo, que incluye 12 mil piezas, de las cuales 8 mil son estampas, de un acervo que comenzó a formarse en los años 60.

La obra del artista platense Edgardo Antonio Vigo, pionero de las vanguardias artísticas de Argentina y América Latina, que aparece en este tramo, es un eje conductor de la exposición, explica Dolinko quien recuerda que la obra del artista estuvo marcada por «una fuerte experimentación».

Vigo concebía «la obra gráfica como un dispositivo privilegiado para pensar la comunicación», explica Dolinko al precisar que el artista «hablaba de un arte tocable, en el sentido de desacralizar el acceso al arte.

Obras de Liliana Porter y Luis Felipe Noé de grabado en metal con técnicas mixtas que remiten a experiencias muy experimentales de los 60, se exhiben en este segmento de la muestra, así como obras de Mabel Rubio y de Fernando López Olaya, representantes de una expansión en el espacio y en las poéticas.

 

Junto a estos trabajos, se destaca el de la tucumana Lulú Lobo, «una instalación hecha en xilografía, en papel molde, de textura muy liviana, para representar lo etéreo, lo liviano, y la expansión en el espacio», explica Dolinko.

Algunos artistas -cuenta Blanco- desarrollaron proyectos específicamente para la exposición como Esteban Álvarez, quien basado en memes decidió plasmar imágenes en placas de bronce, que juega con la idea de «llevar al bronce» imágenes etéreas, efímeras relacionadas con lo inmaterial que aparece en las redes.

Como parte de la colección del Museo del Grabado, se exponen obras de León Ferrari, que pertenecen a la época de su exilio paulista y obras de Juan Carlos Romero y Roberto Jacoby, cedidas para la muestra por el Museo de Bellas Artes.

La obra del artista rosarino Marcelo Kopp, «Ciudad de Humo», que alude a los incendios y la problemática de los humedales, impresa en stickers, a partir de técnica de xilografías, y puesto a circular en el espacio público resultó un caso interesante para trabajar las técnicas tradicionales y las formas más contemporáneas de intervención, así como los vínculos con obras de Víctor Rebuffo, Adolfo Belo, señala Blanco.

Aguatintas de Elisa O’Farrel aparecen bajo el nombre de «Un desastre manifiesto» donde la artista imagina y recrea escenarios algo apocalípticos como inundaciones, incendios, problemáticas urbanas y rurales, a partir de problemáticas reales tomadas de los medios.