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18 mayo, 2021

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La muerte anunciada del bipartidismo en Puerto Rico.

“Los rojos y azules saben bien que su derrota final está al alcance de una conversación vinculante entre los héroes de la nueva generación”.

Luego de nuestro terruño haber pasado por un cuatrienio desbordado en calamidad y controversia escrita bajo los autores del Partido Nuevo Progresista (PNP), su matrícula del corazón del rollo logró sacar sus candidatos a flote.

El PNP enfrenta un cuatrienio con suma negatividad política, arrastrando el historial de Ricardo Roselló y Wanda Vázquez, la trágica situación actual del país y un 66% del electorado en su contra. De más está decir que el ojo vigilante de la sociedad tendrá su enfoque en el espectro político, sombreando cada movida con poca tolerancia y mucho deseo de repetir el verano del 2019.

Aun en victoria, el PNP se desangra, obteniendo casi 10% menos en comparación con el 2016 y ganando por un pequeño margen de 1%. Sin embargo, su logro en el plebiscito refuerza su ideología que tanto los carga políticamente. En esa victoria aun hay espacio para rescatar a ese estadista enojado que se avergüenza de que sea el PNP el que represente su ideología estadista.

Con esto dicho, al PNP le queda este último turno al bate para lograr convertir su imagen en una de productividad e intentar vencer el cáncer de la corrupción, que muy profundo vive en su linaje. De el PNP no poder superar la avalancha del historial que los consume, será su autodestrucción la que termine de enterrar el sueño progresista.

Para el Partido Popular Democrático (PPD), el día de las elecciones fue un diagnóstico terminal para su futuro. Teniendo a su rival en su momento político más débil, el PPD no logró capitalizar, con una dura enseñanza de que una simple cara nueva no es lo suficiente para proclamar victoria.

El PPD se ha quedado ausente de figuras ilustres. Solo la nostalgia de los gigantes de su pasado es lo que logra atraer a sus votantes que aun añoran esa maquinaria roja abrumadora que arrasaba en las elecciones. Lejos están los tiempos donde ese partido era representado por personajes inalcanzables para muchos de los que hoy están presentes.

Su ofrecimiento de caras recicladas ya no es suficiente para atraer a sus votantes. Peor aún, su ideología “estadolibrista” recibió el martes su golpe final. Siendo el PPD un defensor del “No”, fracasaron en proteger esa identidad que los une, pues esa derrota solo enmarca la falta de solidez en su fundación política. Esa postura de centro ya no es viable políticamente y se convierte en un punto débil indefendible ante el debate político.

La muerte inevitable del PPD solo será productiva si la logran convertir en un resurgir transformativo, abierto a cambios en su institución y en busca de alianzas dentro de los partidos que emergen. Esa unión tendrá que venir con un semblante de humildad, en donde los colores y las insignias no sean motivo de roce, y que la buena voluntad por fortalecer el cambio inminente sea para beneficio de todos.

El asesino concluso del bipartidismo será la victoria de esa alianza inaplazable que se aproxima. Pues los rojos y azules saben bien que su derrota final está al alcance de una conversación vinculante entre los héroes de la nueva generación.