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19 junio, 2021

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Mariana Sández: «Construimos la normalidad porque le tememos a lo que queda fuera del cuadro»

A la escritora Mariana Sández le gusta narrar la extrañeza, no la que surge de los universos remotos o antojadizos de la ciencia ficción sino la que habita subrepticiamente en los bordes de la cotidianeidad: de algunos de esos extravíos posibles da cuenta en los relatos que integran «Algunas familias normales», donde con pulso sigiloso capta ese momento preciso en que dos hermanas inseparables se enemistan por una calle o un taxista secuestra a una mujer y su hija para obligarlas a funcionar como una familia.

Si en su obra anterior -la novela «Una casa llena de gente»- lo que irrumpía como una trama maleable y viscosa era la identidad de una mujer muerta que reaparecía en la memoria de su hija a través de unos diarios autobiográficos, este libro de Sández alumbra la letra chica de las estructuras familiares, la banalidad reveladora que persiste en algo tan tedioso como una reunión de consorcio y los vínculos entre vida y literatura, esa suerte de retroalimentación que en el caso de la autora parece tomar la forma de una simbiosis inevitable.

"Algunas familias normales", editado por Compañía Naviera Ilimitada.

«Algunas familias normales», editado por Compañía Naviera Ilimitada.

«Como sociedad construimos la normalidad porque le tememos a lo que queda fuera del cuadro, a lo que no se controla, por miedo a lo que nos pueda perjudicar o hacer sufrir», dice la escritora a Télam a propósito de este volumen de cuentos que tuvo una módica circulación en 2016 y que regresa ahora con dos agregados en la versión que acaba de lanzar el sello Compañía Naviera Ilimitada.

Con una prosa filosa que se percibe entrenada en la elección de las frases, en «sus combinaciones, sus retorcimientos», Sández delinea una cartografía que instala la perturbación como el reverso posible de una decena de historias que tienen lugar en escenarios cotidianos como una oficina, un edificio o una casa. Allí se produce un acontecimiento que disloca lo real y enrarece la secuencia, como la pareja de enanos cuya actitud festiva en «Para que no sobre tanto cielo» contrasta con la de la familia atravesada por rispideces, el hombre que en «Foto de familia» secuestra a una mujer y su hija para convencerla de que puede ser un compañero ideal y a la vez un padre perfecto para su hija o aquel que en el cuento que da título al libro intenta descorrerse de la figura de ese padre desapegado y un poco lumpen pero termina replicando su comportamiento errático.

El clima de los relatos congenia con la definición que el escritor español Enrique Vila-Matas -lectura obligada y persistente para Sández- aportó para la contratapa del texto. «Mientras la normalidad es cómica, la anomalía es elegante, sugerente, turbadora: tiende, igual que la hiedra, a leer la realidad como un constante cambio de cuerpo, de textura», delinea el autor de una treintena de obras como «Bartleby y compañía» o «Doctor Pasavento».
– Télam: La frase de Caetano Veloso que abre el texto («De cerca nadie es normal») funciona como una síntesis y una anticipación del clima que se respira en estos relatos, ¿La normalidad que construimos para domesticar el miedo a lo imprevisible o lo desconocido es tan frágil y admite fisuras como las que en efecto hiperbólico muestran las situaciones de estos relatos?

– Mariana Sández: Esa misma pregunta le hice a Stephen Dixon -uno de los autores que más admiro-: ¿escribir es para algunos una forma de anticiparse a los disgustos imprevistos que nos puede presentar la vida? ¿Como si creyéramos que al escribirlo se amortigua el impacto real posterior? Él me respondió que sí, y que era muy miedoso; yo te respondo lo mismo. Imagino que como sociedad construimos la normalidad porque le tememos a lo que queda fuera del cuadro, a lo que no se controla, por miedo a lo que nos pueda perjudicar o hacer sufrir. Y es como si en estos cuentos hubiera un intento por traer elementos o personajes de los márgenes al centro de las vidas «normales», hacerlos cruzar. En casi todos aparece un elemento «anómalo» o disruptivo que sacude un poco la situación establecida, algo se quiebra.
– T.: En esa suerte de bitácora que viene a continuación de los relatos decís «Escribo porque sé mentir. O no sé si habrá sido al contrario: porque tengo un buen mentir me atrajo la literatura». ¿Enqué medida la literatura es una experiencia que se prolonga más allá de las fronteras de un libro?

– M. S.: Uno de los temas que más me atraen como lectora –y que me tienta al escribir- es el de la literatura que se explora y se autocuestiona en el proceso de hacerse. Como el relojero que necesita desarmar el reloj para entenderlo. Para algunos, leer y escribir es tratar de responderse de dónde proviene esa fascinación por los libros, cómo funciona, qué mecanismos o alcances tiene. Y como no existe una respuesta cerrada, leer y escribir son en sí esa búsqueda siempre abierta, en espiral. También me gusta cuando otras artes juegan a mostrar su esencia de artificio, como en cine hace Godard. Y en literatura, un autor que he leído muchísimo es Enrique Vila-Matas. Hay un título suyo en particular -«Marienbad eléctrico»- en el que habla de la literatura expandida, como una realidad que existe en todas partes. Ahí se pregunta: «¿dónde termina una obra suponiendo que haya empezado en algún lugar?» Comparto esa visión, se trata de una experiencia permanente, nos demos cuenta o no.

– T.:¿A qué te referís en ese cuento cuando formulás que la ficción es lo que no puede decirse de ninguna otra manera?

– M.S.: Cuando dejo que los personajes hablen de literatura no me pregunto qué quieren decir, permito que salgan espontáneamente esas ideas sin filtrarlas mucho y por lo general me parecen bien. Son más el resultado de una intuición que de una razón. Pero al revisar ese libro de Vila-Matas veo que dice sobre Robert Walser: «se pregunta si acaso escribir no consistirá en dar vueltas hasta el infinito aquello de lo que realmente queremos hablar». Quizás hay quienes sentimos que la lengua, que es la capacidad por excelencia de los humanos, no alcanza para captar o comunicar lo más esencial. Y que en una innumerable cantidad de veces es insustancial, como un ruido que no comunica nada. En mis personajes vuelve cada dos por tres esa especie de lucha con la lengua: quieren reinventar la relación entre significado y significante, o se quedan mudos o se resisten a hablar como una forma de parate, de foja cero y descanso existencial. Seguramente tendrá que ver conmigo. En Clarice Lispector hay algo de esto también.

– T.: La familia es materia de indagación en este libro así como de tu novela «Una casa llena de gente»¿Sobre qué aspectos te interesa trabajar cuando volvés sobre este tipo de estructuras? Si tomamos algunos de las constelaciones familiares de ambos libros se podría pensar que te gusta internarte en aquello que tiene de disfuncional…
– M.S.: Tengo la atención centrada en la psicología de las convivencias y en ese sentido la familia, pero también los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, el consorcio, son formas de interacción muy atractivas para observar. Ofrece una paleta de colores inmensa. Mi foco no es lo disfuncional, al contrario, es siempre lo normal en tanto habitual, cotidiano. Lo que nos pasa a todos en las escenas mínimas, las relaciones chiquitas, lo que Perec llama «infraordinario» y lo que, con otro estilo, retrata Hebe Uhart. Me importa la filosofía que se esconde en lo aparentemente trivial.

Creo que la familia –como cualquier célula- se reinventa todo el tiempo de millones de maneras, que no hay una sola forma de ser familia, al revés, y que no solo se genera a través de los lazos de sangre. De eso tratan un poco mis libros también.

MARIANA SÁNDEZ.

-En el caso del relato «Algunas familias normales» es interesante cómo irrumpe el tema de los mandatos, esa suerte de destino indeclinable que nos lleva a repetir aquello que a priori queríamos eludir o reformular.¿Mandan los linajes genéticos a la hora de repetir conductas reprobables o es el peso de lo vivido día a día en un contexto determinado que termina asumiendo la forma de un aprendizaje del que es muy difícil abstraerse?

– M.S.: Es algo que me produce una gran intriga: ¿por qué hay gente que termina repitiendo los modelos que rechazaba? Es inconsciente, por supuesto. Pasa con mucha mayor frecuencia de lo que creemos, aunque no sé por qué. Una de mis teorías es que en ciertas personas actúa una especie de culpa en contra de sí, cuando ven que pueden mejorar el modelo anterior, el de los padres o tutores. Algunos -sin siquiera darse cuenta, como el personaje de Fabián- no lo soportan y dan un montón de círculos para volver a caer en lo que renegaban, para demostrarse que no son mejores que sus educadores. Es una especie de autoboicot muy profundo, muy sutil.

– T.: Volviendo al concepto general de normalidad, tal vez lo inquietante de este libro es que muchos de los personajes del libro que se saben «fuera de la norma» no están desesperados por pertenecer a ella, por encajar ¿El libro funciona un poco a contramano de los tiempos actuales donde el imperativo de las redes empuja todo el tiempo a encajar, a mostrarse «integrado» a una narrativa de autorrealización y felicidad?
– M.S.: Es interesante pensarlo así, podrían ser personajes de otra época, al margen por completo de las redes, un tema que -como símbolo de todo el funcionamiento social actual- no consigo comprender. Intento participar con cuestiones de trabajo, pero todas las veces lo hago con un sentimiento de extrañeza y ridículo enorme. ¿Por qué hago esto? ¿A quién le estoy hablando? Lo relaciono con la obra «Las sillas» de Ionesco, maestro del absurdo: pone en escena a dos ancianos que pretenden hacer el esfuerzo de comunicarse con el otro cuando en realidad solo hablan consigo mismos, es un diálogo de sordos.